Ayer se despidió del mundo Guillermo Aguilera Cortés. Con sesenta y un
años recién cumplidos ha muerto uno de mis mejores amigos, una gran
persona a la que consideré un hombre de verdad. Hoy quiero honrar su
memoria con mis palabras agradeciendo en ellas lo que de bueno fuimos
capaces de sacarle a la vida, recordar su dignidad, ser agradecida por
todo lo que su conocimiento y sus manos mejoraron; volver a la tristeza
que tantas veces compartimos, regresar al dolor que siempre quisimos
fuera consolado, un dolor que fue mucho, dolor universal que algunas
veces, ante la impotencia asumida, ahogábamos en lo hondo de alguna que
otra madrugada usando la facultad de la palabra, desbordados de ideas y
deseando arreglar este desaguisado que sufrimos en nuestro planeta y que
él ponía siempre en manos de Dios. Guillermo estuvo presente en los
peores momentos de mi vida y supo decir el verbo correcto y el predicado
que más consolaba. Porque la amistad se trata de eso, precisamente de
eso, de andar el camino en el mismo sentido buscando ser mejores, de
hacer de la compañía un momento sagrado y del camino un motivo para la
salvación a la que en el fondo aspiramos y que tan negada se nos ofrece a
los seres pensantes. Siempre me alegré de su fe y puedo confesar que a
veces tuve envidia de tanto convencimiento.


Guillermo, con quien tuve la suerte de compartir tantos momentos
importantes, tantas conversaciones únicas, sabía distinguir el color de
la melancolía, guardaba el secreto de una vieja alquimia del vino y los
parámetros de la sabiduría. Siempre supo ponernos un traje de domingo a
los incrédulos, vistiéndonos de desnudez, sacándonos el alma a relucir.
Escuchaba atentamente a cada uno de nosotros, privilegiados
parroquianos, tras su celosía de cristal -aunque lo que más le gustaba
era la predicación, los dilemas y la discusión sin fin-. Era todo un
guerrero incansable que recogía en la noche su espada toledana recién
sacada del yunque, se arrimaba al alambique y hacía su cruzada con el
único fin de salvarnos de la mediocridad. Fue un hombre de fe, una
persona íntegra que no parecía ser de este mundo, un mundo que pierde un
ser privilegiado, un talento con corazón, un cristiano antiguo
religiosamente convencido, portavoz de todas las respuestas en la
palabra de sus ascendentes directos: María Zambrano, Unamuno y Cristo.
Gracias, Guillermo, por salvarme del fuego aquellos muebles tan queridos, por dejarme las puertas de mis roperos como las paredes del corazón: de seda. Gracias por darle sentido al sufrimiento y por haberme contado cientos de historia que recuperaré en tu memoria. Seguiré escribiendo sobre la gente inmortal ¿te acuerdas? aquel día en La Anchoita mientras veíamos correr el diluvio...
Descansa en paz, amigo mío.
Gracias, Guillermo, por salvarme del fuego aquellos muebles tan queridos, por dejarme las puertas de mis roperos como las paredes del corazón: de seda. Gracias por darle sentido al sufrimiento y por haberme contado cientos de historia que recuperaré en tu memoria. Seguiré escribiendo sobre la gente inmortal ¿te acuerdas? aquel día en La Anchoita mientras veíamos correr el diluvio...
Descansa en paz, amigo mío.
Desde El Garitón, lugar que tanto te gustaba, con todo mi cariño.
Mariví Verdú.
He escogido como punto y final el poema número XIII de tus adioses.

cómo se llama
esto que ahora
se ha abierto en mi costado,
esto que sabe a cordillera o río,
a metal acerado y no duele,
y se desliza y no puedo hacer nada,
que tal vez no quiera, y se aleja,
y consigo me lleva, y no duele.
Dime el nombre, dime
cómo me llamo ahora
para que alguien lo sepa
si me ve pasar.
Dime, amor mío, esto que
has puesto entre los dos,
esto que sangra y no duele.
Esto que me recoge desde el nacimiento,
esto que soy ahora cuando empiezo
a ver que no habrá más espejos.
LOS ADIOSES
Nº 5
Colección Plaza Mayor de Poesía. Ateneo de Málaga. Año 2009
Guillermo Aguilera